Monday, May 07, 2007

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Esta mañana te vi desde mi habitación luminosa -por la falta de techo- cuando desayunabas desde un plato hondo una blancuchenta sopa espesa que parecía semen. Debe ser el jugo de los presos o los gendarmes después de la erección mañanera que ya no tengo por la fiebre, como hoy, cuando la enfermedad me absorbe y mi vida parece un billete viejo, desvalorado. He adelgazado bastante según leí en los ventanales brillosos de un banco y digo esto porque recuerdo un cuento que leí una tarde ociosa después que Natalia se fue a trabajar, y yo quedé en casa, junto a su hermana. Hacía frío, era invierno. Lee me dijo, está bueno, es de un japonés, y nos acurrucamos y mezclamos nuestros sabores. Creo que después bebí un vodka barato. La culpa se mata con alcohol, nos convencíamos riéndonos casi con burla. Sentí los minúsculos movimientos de Natalia, su leve intromisión en la cama y su olor a día de trabajo. Quise hacerle el amor. Me da frío bañarme –dijo-. Al otro día despertó como a las 6 de la mañana para irse a las 6.30 horas. A su hermana le gustaba leer, tenía amigos que escribían –no sé, hacían cuentos y ella también-. Nunca conocí a sus amigos. En el cuento el japonés detallaba su proceso de momificación. Desde hace unos días que pienso en ese cuento y culpo a mi dolor de estómago, al ácido que baja y sube hasta estrangularme la traquea y vomito. Muero a través de mi vomito, a través de mi sudor, a través de mi mierda acuosa e insípida.
No he conocido a nadie en esta ciudad calurosa. Y es que nadie quiere ser tu amigo después que te levantan del suelo y te lleves la mugre adherida en la espalda. He sentido que me han cargado, trasladado, tratado de ayudar. Me he despertado en la urgencia del hospital, y he vuelto de nuevo a la calle. En Arica no hay frío, ni viento, como para preocuparse de dormir en la intemperie. He dormido en pastos desconocidos, en la arena de la playa y en urgencia del Hospital, sobre un cartón afuera de una iglesia donde pregunté por el cura Sergio y donde otra vez me mandaron a la mierda.

Desde aquí observo como almuerzas Galleguillos, como tus mandíbulas aplastan, como la comida te salpica, como la comida te chorrea, mientras casi a esa misma hora, el ritual del almuerzo se repite en las casas de las familias de las chicas asesinadas en Alto Hospicio. Supongo que pensará en sus familias cuando almuerzas, en la posibilidad que les diste para que se alimentaran mejor, en tu desquiciada resta para mejorar la vida de los pobres. Y disfrutas de ese caldo proteico que te financia el gobierno y que podría estar escupido, pero está bueno, sabroso, mientras yo llevo cuatro días acá sin comer porque todo lo devuelvo.


(foto: El cuento "Me convertiré en momia" es del japonés Masahiko Shimada)

3 comments:

xasco said...

iconscientemente te das el castigo que mereces... ( el personaje obvio)
Lo de los bombones casi cínicos o parte de un ritual de psicomagia no dieron el efecto esperado.

Lo escrito sigue creando en mi sentimientos encontrados, a veces empatizo con el personaje, al rato creo que es peor que el psicópata.

No tengo mucho tiempo, saludos desde el norte.

Evan said...

Llegando a conocerte...

Disfruté mucho tu cuento, es como un autocastigo por sentirse traidor...

Saludos, gracias por visitarnos, sos siempre bienvenido!

Aida said...

Patricio Jara dice que un hombre desesperado está a un paso de convertirse en traidor. Porqué lo digo... Se percibe bien la culpa del personaje pero eso del castigo qué merece, es cuestionable. Queda de manifiesto que Natalia a perdido interés: tiene flojera de ducharse después de...No olvidemos que un lecho frío es culpa de muchos "eventos".
Me gusta como manejas el tormento del personaje y cómo el lector puede volverse un poco juez. Seguiré la trama para ver en que para el pobre hombre.
aida.