Saturday, August 04, 2007

1.



Perú es un buen lugar, desordenado, fácil para limpiar como para esconderse. Eso de limpiar me suena a película de Tarantino. Qué asco Tarantino. Esos tipos vestidos como garzón y una musiquita de rock como telón cargando unas aparatosas escopetas y después disparando en el oreja de un gueón amarrado en una silla, también vestido de frac, como ganster de Hollywood y sigue la musiquita expresándose por los parlantes del cine, para amenizar la muerte o volverla más simpática. Después Tarantino ridiculizando a los japoneses con esa Uma Thurman de buzo amarillo pegando patadas al aire como enferma mental o Tarantino ridiculizando a los mexicanos como si olieran a fritura. Todo el sur de Estados Unidos huele a fritura y sobaco. Las calles de Tacna huelen a mi sobaco y a la fritura de las cocinerías callejeras o carritos sangucheros –como le llaman aquí-,las murallas son opacas, el aire tiene esa espesura a ciudad sin mar, los taxis que cruzan la frontera son largos tipo años 70 y la gente come pollo con papas fritas en la calle. Latinoamérica = bodega humana. Me gustaría torturarte Tarantino de la chuchesumadre, así como los haces en Hostel con esos indefensos turistas gringos, pobrecillos, tus compatriotas, que van a esos países rumánicos o hungáricos –balcánicos, diría mejor- donde los vampiros andan en la calle, sueltos, vestidos con Levis o de tetas rosadas y vaginas bien depiladas. Nada más efectista que el cine. Igual que ese sicópata de telenovela que anda salpicando sangre en la tele chilena y un gueoncito político se horroriza ¡oooooh!, como si ese país de mierda no estuviera acostumbrado a la tortura. Y le digo a ese político “cresta de gallo” que ese gordito Romo como Cristo recibió todos los pecados del hombre y murió en la soledad, en la mugre, salvo por unas monjitas de buen corazón que recogieron el bulto. Romo se llama nuestro Cristo, Romo es el cordero de Dios dispuesto al sacrifico para lavar nuestras faltas, nuestra deshumanizada capacidad de intolerancia, Romo es el muñeco Vudú.
A Taratino le gustaría hacer la película de Romo, la biografía, con una serrucho de utilería y una bolsa de sangre y detrás la imagen de Pinochet, con esos lentes negros de carey. Podría rodar la película en los desiertos de México, país del perfumadito Alejandro González iñarritu, el de “Amores Perros”, que ya no parece mexicano, que ya no parece latino.
Estos meses me he dedicado a ver películas de Taratino, sí. Estoy aprendiendo de Tarantino. Estoy aprendiendo que el dolor no existe o se convive en el Tercer Mundo, en Perú, en Tacna o en Alto Hospicio. Ese fascista de Tarantino me delegó una misión: limpia al mundo de las ratas y serás salvo. Hace un rato compré en el mercado de baratijas una cámara de video. Me faltó el cable para conectarla a este computador de mierda.

CAPITULO 2 O SEGUNDA NOVELA O BOCETO

Este es un croquis o borrador de una segunda novela, los fragmentos están sometidos a cambios, recambios.

Monday, July 23, 2007

Funerales


Funerales (fotos gentileza Sergio Dávalos, Iquique).

Saturday, July 14, 2007

Funerales de las víctimas de Alto Hospicio.

Tuesday, July 10, 2007

Julio Pérez Silva, el sicópata de Alto Hospicio.

Monday, June 04, 2007

ISBN Nª 163.274.

Mi viejo me inscribió la cosa en Stgo, en el Registro de Propiedad Intelectual.

Monday, May 14, 2007

45

Escribo desde un ciber frente a una plaza, en Tacna, con las monedas que gané por vender mi alma a un par de misioneros –los mismos que me cargaron al hospital de Arica-.
Nadie me saca de la cabeza que Galleguillos fue mi arma.

Tacna, mayo, de 2007.

Saturday, May 12, 2007

44

He visto a Galleguillos. Después de mis insultos escapó corriendo. Fui detrás hasta que caí.
Las moscas muerden en este ciber.

Friday, May 11, 2007

43

Una silueta de mujer se me acercó cuando tosí. La detuve. Me abrazó y siguió buscando a su hija. Se fue por una calle estrecha hacia un cerro.
Esperé el amanecer junto a unos alcoholizados vagabundos. Me ofrecieron vino. Después lo vomité mezclado con el sabor amargo de la bilis.
En este ciber las moscas pican.

Monday, May 07, 2007

42


Esta mañana te vi desde mi habitación luminosa -por la falta de techo- cuando desayunabas desde un plato hondo una blancuchenta sopa espesa que parecía semen. Debe ser el jugo de los presos o los gendarmes después de la erección mañanera que ya no tengo por la fiebre, como hoy, cuando la enfermedad me absorbe y mi vida parece un billete viejo, desvalorado. He adelgazado bastante según leí en los ventanales brillosos de un banco y digo esto porque recuerdo un cuento que leí una tarde ociosa después que Natalia se fue a trabajar, y yo quedé en casa, junto a su hermana. Hacía frío, era invierno. Lee me dijo, está bueno, es de un japonés, y nos acurrucamos y mezclamos nuestros sabores. Creo que después bebí un vodka barato. La culpa se mata con alcohol, nos convencíamos riéndonos casi con burla. Sentí los minúsculos movimientos de Natalia, su leve intromisión en la cama y su olor a día de trabajo. Quise hacerle el amor. Me da frío bañarme –dijo-. Al otro día despertó como a las 6 de la mañana para irse a las 6.30 horas. A su hermana le gustaba leer, tenía amigos que escribían –no sé, hacían cuentos y ella también-. Nunca conocí a sus amigos. En el cuento el japonés detallaba su proceso de momificación. Desde hace unos días que pienso en ese cuento y culpo a mi dolor de estómago, al ácido que baja y sube hasta estrangularme la traquea y vomito. Muero a través de mi vomito, a través de mi sudor, a través de mi mierda acuosa e insípida.
No he conocido a nadie en esta ciudad calurosa. Y es que nadie quiere ser tu amigo después que te levantan del suelo y te lleves la mugre adherida en la espalda. He sentido que me han cargado, trasladado, tratado de ayudar. Me he despertado en la urgencia del hospital, y he vuelto de nuevo a la calle. En Arica no hay frío, ni viento, como para preocuparse de dormir en la intemperie. He dormido en pastos desconocidos, en la arena de la playa y en urgencia del Hospital, sobre un cartón afuera de una iglesia donde pregunté por el cura Sergio y donde otra vez me mandaron a la mierda.

Desde aquí observo como almuerzas Galleguillos, como tus mandíbulas aplastan, como la comida te salpica, como la comida te chorrea, mientras casi a esa misma hora, el ritual del almuerzo se repite en las casas de las familias de las chicas asesinadas en Alto Hospicio. Supongo que pensará en sus familias cuando almuerzas, en la posibilidad que les diste para que se alimentaran mejor, en tu desquiciada resta para mejorar la vida de los pobres. Y disfrutas de ese caldo proteico que te financia el gobierno y que podría estar escupido, pero está bueno, sabroso, mientras yo llevo cuatro días acá sin comer porque todo lo devuelvo.


(foto: El cuento "Me convertiré en momia" es del japonés Masahiko Shimada)

Sunday, May 06, 2007

41


No es tristeza ni pánico. Es una sensación de encogimiento e invalidez. Puede que quede tirado en la calle, me tapen con una frazada y tilden el paquete de paté como N.N. Sin embargo este golpeteo del teclado, a ratos furioso, me hace revivir.
Mi intención es que esto, de alguna manera, llegue a tus ojos de y se esparza por tu sistema nervioso y como si fuera cocaína recobres tu lucidez y te dejes de guevear haciéndote el inocente. Tal vez después de leer, consideres la tuya como una mala historia, carente de suspenso –se me ocurre-, egoísta, escrita desde mi lado, para salvarme solo. Puede también que la llegues a odiar por mi falta de arrojo, por mi cobardía, por mi afán exhibicionista. Dirás, con cara de resignado, que te puse como un microbio al lado de Chikatilo o Garavito. Lo eres. Quizás desees más detalles sobre la manera como le cortaste los pezones a una de las chicas (Te invito a escribir esos capítulos). Quizás desde tu imbecilidad actual recobres la memoria, y narres a tu manera los detalles más sórdidos de lo que hiciste. Tu ego te lo pide. Tu ego te pedirá más asesinatos. Sé que volverás a la calle y seguirás matando, es así, y le pedirás a otro periodista corrupto, enajenado, que te escriba la segunda parte de esta historia.
Se qué ahora eres una especie de santón que te sirves de las nauseabundas almas de unos imbéciles e ignorantes criminales, según el cura Sergio. Me dijo que estabas escribiendo un Apocalipsis. ¡Imbécil! ¿Quién te crees? ¿El Juan de la Biblia o algo parecido? Un Apocalipsis, el muy imbécil, el muy guevón. Desde tu cama clorada e iluminada con tubos fluorescentes asustas con el infierno a todo el mundo, con ese Apocalipsis bastardo, porque no entiendes que nuestra naturaleza es así: fornicaria, ladrona, homicida, adultera, avara, mala, timadora, deshonesta, envidiosa, difamante, orgullosa y desatinada ¿Supongo que también te crees el anticristo? Hay muchos anticristos en la calle, mírate tú, a tu alrededor y verás los anticristos que andan como moscas buscando un lugar donde arrancar una partícula de mierda, como si la mierda valiera tanto, como si la mierda fuera tan importante y trascendente. Recuerdo la frase del gringo Ted Bundy, un ser de tu calaña aunque era abogado, militante repúblicano y "encantador" el muy mierda, según sus amigos. Dijo: "Nosotros, los asesinos seriales, somos sus hijos, sus maridos, los que están en todas partes... Y claro, mañana muchos de ustedes van a despertarse muertos" -Fue apresado y ejecutado en la silla eléctrica, luego de ser condenado por el crimen de 14 mujeres, aunque se afirmaba que las víctimas ascendían a 100, hecho que nunca se probó-.

Tal vez el cura Sergio no exista y sea una fantasía para alcanzarte. No encontré su nombre por ningún lado en la guía de teléfonos. Se encogieron de hombres cuando pregunté en una iglesia católica ¿Busco a un sacerdote llamado Sergio? Le repito: ¿Conoce a usted un cura que se llama Sergio, y que trabaja con los presos de la cárcel? ¿Por favor conoce a usted a un puto cura que se llama Sergio?Después de entregar el taxi a un pariente de Julio, decidí quedarme en Arica, a esperar convertirme en un N.N. Recorrí una calles estrechas abultadas de comercio y barullo de hippie andinos. Leí letreros de comida vegetariana y sentí el vaho marihuano. Bebí un jugo de frutas y lo vomité, quise calmarme con un cigarro y volví a vomitar. No he comido nada desde el jugo. Siento un poco de hambre, pero el asco me doblega cuando huelo desde mis dedos el olor a transpiración desde mis axilas calientes.
(La foto es de Ted Bundy).

Friday, May 04, 2007

40


En esta espera de que el té se enfríe y el queso se derrita en las tostadas tibias y mezquinas que compré en este ciber, ubicado en el terminal de buses de Arica, pienso que pude lanzarme desde los más alto de la Cuesta de Camarones, cuando observaba el valle, mientras el par de músicos que traje insistía en que yo manejaba ebrio y que me denunciarían al llegar a Arica, porque corrían peligro con tipos como yo: otro enajenado e irresponsable conductor de mierda. Los justifico porque cualquiera no entiende que un taxista detenga el auto en lo más alto de una cuesta –como la de Camarones, a 50 o más kilómetros de Arica- y se baje y ni siquiera orine. No se dónde me vieron alas, pero las vieron, de ahí sus gritos de pánico cuando abrí los brazos y por unos segundos me dejé llevar por el viento. Las piernas me temblaban por el choque del viento, mientras sentía las bocinas de los autos como empujándome, como pateándome el culo hacia el infinito. Sentí una erección, la mejor de hace tiempo. Sentí los musculosos contraerse, mi cuerpo reducirse. El valle parecía una ínfima vena verdosa cruzando una dermis pálida. En los cerros vi incrustados -como frutas secas en pan de pascua- el níquel luminoso de algún auto volcado, neumáticos y cajones de verduras. Me vi incrustado en la tierra, como piedra. Recordé a Galleguillos incinerando sus camisas en la cuesta zigzagueante que baja de Iquique a Alto Hospicio. Sentí el calor, el olor a bencina y los gritos de las chicas. Sentí el brazo de un hombre apretando mi cuello y después el suelo. Todavía tengo tierra en el cuero cabelludo, me pica. Imagino que cuando pasamos por la cárcel de Acha yo era como un especie de primate balbuceante amarrado en el asiento del copiloto. Pudieron llevarme a la comisaría o al hospital, pero me dejaron aquí cerca del terminal de buses, con el Chevy Nova intacto y con el dinero del viaje. Creo que no volveré a conducir.

Wednesday, May 02, 2007

39

A mis pasajeros les importaría si dormí anoche. Se repitieron los ruidos y el aroma a plástico quemado. “Pancho” me pidió plata, urgente -imposible recordar la hora-. Siguió fumando. No lo compadezco ni lo ayudo. Cuando almorzamos hablamos de otros temas. Tampoco le he preguntado porque le falta un dedo -el anular de la mano derecha-. Cumplió con la plata. No fue mucho. Mil pesos para seguir escribiendo, le dije. Sonrió. Estoy en el centro, en Vivar con Latorre. En este ciber destaca un afiche de Jimi Hendrix. Se deduce el tipo de música que escucha el dependiente, un chico de pelo largo que viste una polo de un conjunto de rock que desconozco –otro chico en serie-. Pienso en Toña. Ya sería estúpido que la llamara. Imposible. Debe estar con su chico ameba, relajada, feliz en el mall, como siempre. No la desprendo del mall. Van juntos. Nos conocimos allá, después del cine. Me pidió que la comprara cabritas. Relájate, me dijo. Después la acompañé a comprar un disco. Dijo que le habían recomendado las crónicas vampíricas de Anne Rice. Estaban en oferta. Le compré un libro. Dejamos el libro en el suelo y su CD de un grupo que desconozco lo pusimos en mi equipo de música. Fue como jabonarme con chocolate caliente. Me dejó su número en mi celular. Es lo mejor que me sucedió en estos últimos cuatro años. Me hace bien recordar a Toña, en medio de este delirio sobre Galleguillos que a ratos no resisto. Nunca he sentido culpa, dijo Galleguillos. Para él era lo mismo ser infiel a su mujer que asesinar a una chica. Era libre. En mi caso, la culpa me arruinó, me enfermó.
Tal vez me inventé este blog para deshacerme a pedazos de esta enfermedad. Tal vez contagio a otros con esta mierda.
He pensado mutilarme los dedos de las manos por cada crimen. Quiero sentir el ardor después del corte. Quiere ver la carne colgando de mis manos. Quiero unas manos inútiles, deformes. Necesito una marca física para sobrevivir. Algo. Algo que me indique que ese tiempo murió.
En una hora más parto a Arica –depende de a qué hora lleguen los pasajeros-. Dormiré allá. Julio me pidió que la primera semana hiciera eso. Primero debes ubicarte bien, dijo.
Voy.

Tuesday, May 01, 2007

38

Detengo a un taxi amarillo en una avenida húmeda de Iquique, frente al mar. Bajo el parabrisas el rostro de un hombre misterioso. Distingo a Travis de Taxi Driver. Sin decirle a donde voy, me deja en mi destino. Meto la llave a la cerradura después que Travis desaparece por Héroes de la Concepción con Tarapacá.
El portamaletas del Chevy Nova es amplio, como todo en ese auto. Hay espacio como para esconder un arma. Se me ocurre una catana tipo samurai que venden el Zofri. Los cuchillos siempre son más intensos, más rituales. Tal vez me detenga en el desierto y me haga una harakiri, ante mis pasajeros. Serán cuatro. Tres atrás y uno a mi lado. Les contaré mi sueño recurrente con Travis. Después le pasaré el diario de la ciudad que siempre tiene un crimen en la portada. Luego vendrá mi aventura con el psicópata de Alto Hospicio, desde el principio, mientras escucharemos un disco de Rudy La Scala –un cantante de telenovelas que le gusta a Julio-. Algunos se quedarán dormidos con la mezcla: historia y música; otros dirán que también lo conocieron, y otros se revelarán con rabia y odio. “Usted que hizo para detener los crímenes”, me dirá. En ese tiempo fui periodista, le diré, fui testigo privilegiado de la tragedia, nadie como yo conoce los hechos. Usted también es asesino por no hacer nada, por lavarse las manos, por dejar que ese guevón de mierda asesinara a sangre fría. Usted es un indolente, un sicópata como esa mierda, una escoria, un cobarde, la peor basura.
Creo que será el momento para detener el auto y sacar la catana.
Escribo esto desde el computador de un centro de llamadas telefónicas, en la Zofri.

Monday, April 30, 2007

37.

Estoy en la cabina 12 de un ciber indecente. El muro que está a mi derecha tiene un mapa de secreciones secas. En el basurero duerme una bolsa de papel café tipo McDonald, un vaso plástico de bebida y un tejido de papel higiénico. Me apunta una luz fluor que sobresale de un globo ocular de plástico encerrado en una caja de latón en cuyo costado aparece una cadena de perro; también distingo un candado pequeño.
El tipo que estuvo aquí tenía raras costumbres sexuales. Ya no me sorprenden los historiales de los computadores. Son las 18 horas. Siento la voz -a pesar de mi otitis- de un tipo instando a otro hacer algo que no quiere. Siento humor de cigarro. El tipo se decide y ríen. La risa se camufla con algo de reggaeton que expele un parlante de auto pegado en el techo. No tengo nada contra el reggaeton, ni tampoco contra esa Shakira que brota como maleza en el dial.
Hace media hora que estoy acá. Es un ciber barato. 500 pesos vale la hora. Alto Hospicio siempre será más económico que Iquique.
Pruebo el Chevy Nova. Es un auto ancho, rugidor y petrolero. Da gusto manejarlo. Huele a limpio, a desodorante de auto –a coco-. Desde mi ventana en la pensión observé como Julio lo limpiaba. Está en sus manos maestro, me dijo con una sonrisa amigable después del almuerzo. El tipo está obsesionado conmigo o no sé porque mierda sacó que yo era un buen conductor, responsable. Tal vez tengo cara de taxista, o me estoy mimetizando con Galleguillos. No sé que vio en mí. Deben estar muy jodidos sus vecinos.
Acabo de recorrer algunas calles estrechas, nuevas. Alto Hospicio cada vez se parece más a esas ciudades de los países socialistas de antaño. Todas las casas iguales o parecidas, hechos en serie por el Minvu. Los edificios son chatos y gordos, y dejan poco espacio para colgar ropa. Otra detalle es que la mayoría de las botillerías tiene rejas para atender. El tipo que me vendió la cerveza me dijo que era por la pasta base.
Me detuve en el Renacer. Ahora es una restaurant que se llama “El Rancho de Carlitos”. Venden parrilladas. Un garzón me dijo que no conocía a Quispe, pero llamó a otro. El lugar está cambiado. Pedro me saludó afectuosamente. Recordó algunos detalles aunque me dijo que era imposible ubicar a Quispe. De repente se aparece por acá, afirmó. Le dejé mi número telefónico sin esperanza que me llame en todo caso.
Recién hubo un corte de luz en el ciber. La mitad de los computadores se apagaron, incluido el mío (tuve que reescribir este fragmento). Gracias al corte conocí a mis vecinos. Sus caras y expresiones son fáciles de descifrar. Ninguno me miró a los ojos. Tal vez les da vergüenza estar aquí. Tal vez pensaron que soy de su misma especie.
El miércoles pasaré frente a la cárcel de Acha, en Arica.

Saturday, April 28, 2007

36

Me despertaron las sirenas. Me tapé la cabeza con la frazada hedionda a humedad. Eran las 8.30 horas. Aquí todo tiene un fétido aroma a toalla húmeda. La vieja me dijo que si quería, podía comprar mi propia “ropa de cama”. En la Zofri son baratas las sábanas Canon, agregó. Estos días tuve recaída por otro resfrío mal cuidado. Volví al hospital, a urgencia. Estoy cerca. Dos cuadras más abajo, por calle Oscar Bonilla con Tarapacá. La gente de la pensión es solidaria después de todo. Me han traído pastilla y me sirven té. Hay una mujer muda –de 40 años hacia adelante- que es la más preocupada. Parece que mantiene una relación con “Pancho”, un grueso vendedor ambulante de edad desconocida. “Pancho” siempre me cuenta de su juventud, en el sur, en Concepción. Almuerzo al frente. En la casa de la señora Charo. Es barato, no sé si bueno –a estas alturas no estoy como para regodearme-.
El marido de la señora Charo, Julio, me ofreció conducir uno de sus taxis. Es un Chevy Nova amarillo de los años 80, pero con un motor nuevo, rugidor como avioneta. Quiere que haga el trayecto de Iquique a Arica, ida y vuelta. Son como tres horas de viaje –o menos-. Le dije que la próxima semana partía. Me gusta la idea, por un tiempo, tal vez un mes, lo justo para lo que me resta, aunque no sé como responda. Acepté porque así tendré una comunicación más directa con el cura Sergio. No me ha respondido los últimos mails. Tal vez se sintió manipulado o encontró este blog.
La señora Charo se atrasó con el almuerzo. Pasó toda la mañana frente a una casa, en la otra cuadra, junto a la vieja de la pensión y todo el barrio. Sólo alcancé a ver la camioneta rectangular del Servicio Médico Legal. El crimen fue desmenuzado en el almuerzo. Todos conocían a la mujer, parecía tranquila, también a su marido. Los hijos de ambos jugaban en la cuadra. Fue un crimen pasional, me dijo la señora Charo con cara de contarme la historia. Parecía disfrutar los detalles sórdidos, mientras cortaba rodajas de tomate con un cuchillo. Concluyó que adoptaría a uno de los hijos de la pareja, si tuviera dinero. “Ellos no merecieron a esa clase de padres”. Nadie elige a sus padres, le dije. Y agregué esas frases que uno dice cuando almuerza con una señora de ese tipo: “los hijos son el mejor regalo del amor”.
-Si hubieran querido más a sus hijos, no habría asesinado a su marido, ni se habría matado ¿Qué destino tendrán ahora los pobrecitos?- afirmó.
-Tal vez a futuro ellos hagan lo mismo- dije.
-¿Cómo?- dijo.
-Maten a sus parejas y después se maten ellos- dije.
Estoy en el computador de la hija de la señora Charo. Es lento, algo anticuado, pero me sale gratis. Le envié otro mail al padre Sergio.

Tuesday, April 24, 2007

35

Teme que me aparezca afuera del canal con la pose desquiciada de Jack Nicholson en El Resplandor. Película que vimos una noche cualquiera de verano -a principios de los años 90-. Tuve suerte de ubicarla. Me contestó bien, de buen ánimo. Me preguntó hasta como estaba y como me sentía. Raro. Tal vez su nueva pareja le dijo que me tratara con algo psicología o derechamente se asustó cuando le dije que iría a Santiago. Fue generosa. Le está yendo bien. “Todo los meses te puedo depositar lo mismo, pero por favor no te vengas a meter acá”. Bien, pero igual iré. Gracias a ella regresé a un ciber decente: con café de máquina, buena música -creo que es Moby- y ambiente turístico, relajado. Le dije que me conformaba con mirarla por televisión. Se río, tosió y colgó.
Creo que Natalia me quiso demasiado, aunque ahora reaccionó por miedo. Es natural casarse enamorado, ambos lo estábamos. En ese momento fue lo mejor vivir donde mis suegros. Había espacio y comodidad en la casa. Nuestra relación pareció mejorar cuando entró a trabajar al canal. Yo hacía trabajos pequeños para una revista de decoración. En la revista le fui infiel. Después perdí la cuenta de mis infidelidades. Ella parecía normal aunque a veces llegaba tarde. Siempre se justificaba de manera creíble, yo también. A su hermana le gustaba la misma música que yo.
Galleguillos decía que uno partía siendo infiel y terminaba asesinando. El partió al revés.
Su madre le dijo que estaba aburrido que el gueón le pegara. El tipo no tenía un trabajo estable. Si bien sacó a su madre de la prostitución, después cuando bebía la trataba de puta y la golpeaba. Esperaron el momento y actuaron. Galleguillos me dijo que no le costó. Más difícil le resultó tranquilizar a su madre. “Ella murió con la culpa de haberle quitado la vida a alguien. Sentía que se iba a ir al infierno”, me dijo.
Nunca hablamos de su período en Linares. En televisión y con toda la bulla que se armó con su detención recuerdo un reportaje donde le achacaron algunos crímenes en esa ciudad. Nunca se comprobó su autoría, ni se investigó sobre el tema.
Me dijo en broma que por diversas circunstancias –atropellos- acarreaba una docena de muertos.
Matar bajo la mirada de una madre es algo que no cualquiera lo puede decir. Fue ella quien me metió en esto, dijo suelto de cuerpo.