
Perú es un buen lugar, desordenado, fácil para limpiar como para esconderse. Eso de limpiar me suena a película de Tarantino. Qué asco Tarantino. Esos tipos vestidos como garzón y una musiquita de rock como telón cargando unas aparatosas escopetas y después disparando en el oreja de un gueón amarrado en una silla, también vestido de frac, como ganster de Hollywood y sigue la musiquita expresándose por los parlantes del cine, para amenizar la muerte o volverla más simpática. Después Tarantino ridiculizando a los japoneses con esa Uma Thurman de buzo amarillo pegando patadas al aire como enferma mental o Tarantino ridiculizando a los mexicanos como si olieran a fritura. Todo el sur de Estados Unidos huele a fritura y sobaco. Las calles de Tacna huelen a mi sobaco y a la fritura de las cocinerías callejeras o carritos sangucheros –como le llaman aquí-,las murallas son opacas, el aire tiene esa espesura a ciudad sin mar, los taxis que cruzan la frontera son largos tipo años 70 y la gente come pollo con papas fritas en la calle. Latinoamérica = bodega humana. Me gustaría torturarte Tarantino de la chuchesumadre, así como los haces en Hostel con esos indefensos turistas gringos, pobrecillos, tus compatriotas, que van a esos países rumánicos o hungáricos –balcánicos, diría mejor- donde los vampiros andan en la calle, sueltos, vestidos con Levis o de tetas rosadas y vaginas bien depiladas. Nada más efectista que el cine. Igual que ese sicópata de telenovela que anda salpicando sangre en la tele chilena y un gueoncito político se horroriza ¡oooooh!, como si ese país de mierda no estuviera acostumbrado a la tortura. Y le digo a ese político “cresta de gallo” que ese gordito Romo como Cristo recibió todos los pecados del hombre y murió en la soledad, en la mugre, salvo por unas monjitas de buen corazón que recogieron el bulto. Romo se llama nuestro Cristo, Romo es el cordero de Dios dispuesto al sacrifico para lavar nuestras faltas, nuestra deshumanizada capacidad de intolerancia, Romo es el muñeco Vudú.
A Taratino le gustaría hacer la película de Romo, la biografía, con una serrucho de utilería y una bolsa de sangre y detrás la imagen de Pinochet, con esos lentes negros de carey. Podría rodar la película en los desiertos de México, país del perfumadito Alejandro González iñarritu, el de “Amores Perros”, que ya no parece mexicano, que ya no parece latino.
Estos meses me he dedicado a ver películas de Taratino, sí. Estoy aprendiendo de Tarantino. Estoy aprendiendo que el dolor no existe o se convive en el Tercer Mundo, en Perú, en Tacna o en Alto Hospicio. Ese fascista de Tarantino me delegó una misión: limpia al mundo de las ratas y serás salvo. Hace un rato compré en el mercado de baratijas una cámara de video. Me faltó el cable para conectarla a este computador de mierda.


